Hoy me sucedió un caso curioso y la frustración me hizo reflexionar sobre los principios básicos de la fidelización de clientes.

Ahora que es primavera me apeteció dar un toque de color al jardín y fuí a comprar algunas plantas a Jardiland, un conocido centro de jardinería en Mataró que es práctico especialmente por que abre los Domingos.
No me considero un gran cliente, mas bien ocasional, aunque es verdad que acudo con regularidad a dicho centro. La tienda dispone de un programa de fidelización de clientes, que ofrece descuentos sobre los precios marcados en determinados artículos, así como un programa de puntos acumulables, redimibles por productos o regalos del propio centro.
Hasta aquí todo normal, incluso hasta aburre por lo repetitivo, vamos, que hacen lo que todo el mundo hace.
El programa de fidelidad funciona a través de una tarjeta de cliente, de esas baratas y feas que se pelan o se parten dado que pretenden que las incluyas con las llaves de casa. No obstante la tarjeta de cliente nunca ha sido necesaria ya que al pasar por caja, uno puede reclamar que se otorgue la compra a su cuenta de cliente mediante el número de teléfono o en DNI. Lo cual es perfecto, pudiendo llamar al programa un programa semi-virtual dado que no era necesaria la presentación de la tarjeta para disfrutar de los beneficios.
Así ha sido durante años. Hoy para mí sorpresa, al pasar por caja con una compra ridícula de 80